Sin CABA chau PRO (*)

Si el peronismo pierde la provincia de Buenos Aires, se debilita la propia razón de ser de esa fuerza nacida y criada en los arrabales del área metropolitana. Más precisamente, ¿quién en su sano juicio pondría en duda la condición de kilómetro 0 del justicialismo tanto de Berisso como de Ensenada? Ello equivale a un torpedo pegando de lleno en su línea de flotación. Vale aclarar: siempre y cuando semejante impacto alcance también a su ejército de reserva estacionado en las dos principales mini gobernaciones no sólo del conurbano sino también de la provincia: La Matanza y Lomas de Zamora. Por ello, siempre vale la pena recordar con todas las letras que la columna vertebral del peronismo es el peronismo no bonaerense sino del conurbano bonaerense.

Sin ese anclaje territorial, el peronismo perdería su perfil de actor nacional y quedaría al instante reducido a una liga de diferentes cepas provinciales que tendrían muchas dificultades para actuar como un bloque unificado y, por ende, se verían expuestas al riesgo de ser absorbidas, inhibidas o aisladas por una nueva fuerza nacional preponderante. ¿Que mejores ejemplos que el MPN, el peronismo puntano o el cordobesismo?

Para el PRO, todo transcurre en un esquema similar aunque circunscripto a los 200 kilómetros cuadrados del súper distrito político generado por la reforma constitucional de 1994 que, gracias a la crisis política federal de 2008 mal llamada “del campo”, adquirió un perfil nacional hoy sostenido a lo largo de siete procesos electorales. En un plano comparativo, el parangón porteño de aquél enclave contiguo a La Plata es el triángulo conformado por los chics Belgrano, Palermo y Recoleta.

En tal aspecto, la elección 2023 representa un gran hito para esa fuerza política ya no tan nueva que lidera la oposición nacional desde hace más de una década y hoy enfrenta el desafío de que su ticket porteño no sea liderado por ninguno de sus timoneles originales, Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta. En simultáneo, que debe evitar a cualquier precio de que su saga no sea interrumpida por una figura perteneciente a una vieja fuerza política nacional que automáticamente pasaría a reinvindicar su vieja chapa de líder de la oposición al peronismo, una condición vigente hasta el big bang de 2001.

En definitiva, para los amarillos se trata de una cuestión de supervivencia que no deja espacio a cálculos políticos inducidos por la ansiedad de algún presidenciable predispuesto a canjear el pago chico por una estructura nacional llave en mano como el radicalismo. Teléfono para el actual alcalde porteño. De hacerlo, cruzaría una peligrosa línea roja que dispararía una inmediata convulsión interna.

El PRO enfrenta el desafío de que su ticket porteño no sea liderado por ninguno de sus timoneles originales, Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta.

Decilo Enzo, decilo: Martín Lousteau pasaría a convertirse en el funebrero del PRO en caso de tener éxito en su segundo intento por conquistar la jefatura de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y, de bonus, en aspirante natural a la presidencia en un futuro más inmediato que mediato. A raíz de ello cabe preguntarse, cualquiera sea el aspirante a la presidencia por el PRO, Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich o el todavía misterioso Mauricio Macri, ¿con qué credenciales se presentarían en caso de no poder defender su patio trasero en fecha llamativamente aún no definida por el actual jefe de gobierno?

De caer su Bastilla porteña, el PRO no podría mantener su ascendente sobre una serie de grandes distritos urbanos donde hoy tiene gestión municipal como Vicente López, Tres de Febrero, Lanús, Capitán Sarmiento, La Plata, Bahía Blanca y las joyas veraniegas Mar del Plata y Pinamar. En el mejor de los casos, tales partidos encararían inmediatamente un proceso de vecinalización que quizás los mantendría por un tiempo a salvo de las fuerzas predadoras nacionales o, en el peor escenario, se activaría un peligroso efecto puerta 12 que tentaría a gran parte de su dirigencia a tocarle la puerta a Javier Milei, un dirigente con muchas debilidades pero con una fortaleza innegable: no tiene historia y ello lo convierte en dador de redención para un grupo de dirigentes que cargan todavía sobre sus hombros la mochila de plomo de la pertenencia a una administración sobrepasada de marketing político pero floja de resultados palpables.

Qui potest plus potest minus. Quien puede lo más puede lo menos. En semejante tablero se juega la suerte y el futuro de la fuerza política que controla la ciudad de Buenos Aires sobre la base de sucesivas elecciones ejecutivas dónde nunca obtuvo menos de 45% de los votos. En tal sentido, hoy la pregunta del millón no sólo se refiere a si el PRO logrará revalidar su territorio vital sino también con qué formato lo haría. La develación de la incógnita local resuelve en gran medida el enigma presidencial.

Más Macri que Jorge

En ese terreno, la primera opción que salta a la vista es Jorge Macri, actual ministro de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Semejante movida representa una jugada a dos bandas. En primer término, la revalidación de la marca original PRO asociada al apellido Macri. En segundo lugar, la reivindicación del promotor de su exportación a la primera sección electoral bonaerense y luego al resto de la provincia. Puntualmente, a un municipio asociado por años a un caudillo radical incombustible como el «japonés» García, contiguo a su vez a otro municipio radical escriturado por la dinastía Posse desde hace décadas. Otra que Danza con Lobos la misión emprendida en su oportunidad por el intendente de Vicente López hoy en uso de licencia.

Y last but not least, la posibilidad de inversión del slogan que sonaba hace un tiempo, «más Jorge que Macri«, que sería una pista respecto al eventual segundo tiempo de su primo o, de mínima, la posibilidad de que el actual presidente de la Fundación FIFA se dé por pagado políticamente en un contexto dónde la continuidad de la marca nacional quede en cabeza de Rodríguez Larreta, Bullrich o, en el extremo, de la aún enigmática Vidal.

En el mismo plano de candidatos de escudería propia, de la casa, emerge la variante del actual ministro de salud Fernán Quirós, un perfil muy asociable al estilo discursivo de Rodríguez Larreta no sólo apoyado en una épica bajas calorías sino también sobre los pergaminos de una convivencia con el gobierno nacional en tiempos de la pandemia fácilmente enmarcable dentro de un relato posgrieta atractivo para aquél votante de centro decisivo en cualquier escenario de ballotage. Si se trata de discriminar entre categorías de aves, a Quirós seguramente le cabe el rotulo de paloma o de la tan porteña torcaza que, en un contexto de dura interna por la herencia, arranca con un valioso asset: la bendición de la administradora de la ISO 9001 de la transparencia y honestidad Lilita Carrió.

Como tercera variante, sobresale también en clave larretista la postulación de la actual ministra de educación Soledad Acuña, una candidatura apoyada sobre el activo de la apertura de las escuelas en un distrito donde la comunidad educativa sufrió tanto los efectos del encierro prolongado como injustificado, una circunstancia que le abrió la puerta a Acuña para ubicarse en la jaula de los halcones más que de las palomas. No obstante, semejante listado no debería excluir la posibilidad de algún cisne negro. ¿Vidal en caso de no encontrar espacio en la congestionada carrera nacional dónde todos dependen en última instancia de la jugada de dos candidatos con una imagen negativa inmensa pero con un voto consolidado que les otorga un poder de daño importante?

Sin perjuicio de tales variantes y eventuales jugadas de último momento, hoy tenemos una certeza. La tercera fuerza que determinará en cualquier contexto para dónde se inclinará la balanza electoral en 2023 será el espacio libertario, en realidad conservador, de Javier Milei, una circunstancia que influirá mucho más en la definición del tono de los candidatos que en los contenidos. Aquí no se tratará de aprobar ningún test de liberalismo sino de sintonizar con una de las venas profundas que explica el crecimiento del más outsider de los outsiders: su prédica alrededor de la existencia de una casta política y de la necesidad de cambiar a la política desde afuera.

La tercera fuerza que determinará en cualquier contexto para dónde se inclinará la balanza electoral en 2023 será el espacio libertario, en realidad conservador, de Javier Milei.

En definitiva, se trata de los valores, las prácticas y las banderas que en algún momento representó el PRO pero que se le fueron perdiendo en el camino tal como lo reconociera con precisión el intendente de Pinamar Martín Yeza: “hace rato que Juntos, desde que abandonó la hipótesis del cambio, tiene problemas”. Pues ese problema tiene nombre y apellido: Javier Milei.

(*) Publicado en El Economista el 30 de noviembre de 2022.

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