Macri sedevacantista (*)

“Esta Iglesia Conciliar es cismática, porque ha tomado como base para su actualización principios que se oponen a los de la Iglesia Católica”. En esos términos, el arzobispo Marcel Lefébvre anunciaba en 1976 que la silla del Vaticano estaba vacante, que cualquiera que la ocupara apoyándose sobre los nuevos postulados doctrinarios era un impostor, un Papa trucho. “Si Perón viniese acá, se anotaría en Juntos por el Cambio”. Mauricio Macri, marzo de 2021. Cualquier parecido entre ambas definiciones no es pura coincidencia. Más aún, en su primer reportaje a fines de 2020, el ex presidente sentenció que “Cristina tiene secuestrado al peronismo hace diez años”. Una vez más, en clave lefevbriana, Macri ratificó que la incorporación del peronista Miguel Ángel Pichetto a la formula presidencial 2019 no fue un experimento aislado.

Ahora bien, la movida del ex jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, contiene un supuesto muy fuerte, para revisar en detalle. ¿Podría una suerte de General Perón resucitado encontrar los votos donde los consiguió masivamente en su última experiencia electoral conocida? En particular, en aquel mundo de 1973 donde en un congreso de la CGT le habló a los jefes gremiales de acercarse a una distribución del ingreso “fifty-fifty” y que Macri evocó de alguna forma en su nota radial con Jorge Lanata haciendo mención, en clave peronista, a que “vos tenés que trabajar, poner tu granito de arena, producir al menos lo que consumís”. En rigor, resulta muy seductora la idea de una excursión a la nostalgia de un peronismo sustentado sobre una fuerte base trabajadora sindicalizada, con acceso a un sueldo, aguinaldo y vacaciones pagas.

La tasa actual de trabajadores sindicalizados no alcanza ni a la mitad de los tiempos del peronismo original, apenas 23% versus 50%.

Pero “los sueños, sueños son”, in memoriam Calderón de la Barca. La tasa actual de trabajadores sindicalizados no alcanza ni a la mitad de los tiempos del peronismo original, apenas 23% versus 50% de acuerdo a un trabajo de Eduardo Basualdo de 2008. De hecho, el mundo del trabajo de Perón explota por el aire con el Rodrigazo en 1975, aunque quizás un par de años antes con la crisis del petróleo de 1973 que pone en jaque a la mayor parte del tejido industrial de Occidente. A partir de ese momento, Argentina no logra recuperar una dinámica de crecimiento económico como la mantenida, aún con fuerte turbulencia política, desde la posguerra. El promedio de crecimiento del PBI per cápita entre 1945 y 1973 fue 2% anual, similar al logrado por Estados Unidos, Reino Unido, Nueva Zelanda y Australia, de acuerdo a estimación de Daniel Schteingart.

Por cierto, una evolución que contrasta del día a la noche con la evolución posterior a 1975 donde Argentina, según cálculos del mismo autor, pasa de ostentar el 62% del PBI per cápita de un conjunto de siete países desarrollados en 1974 (Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Noruega y Suecia) a apenas un 40% en 2016. Por ello, el desafío de apuntar a la representación de un peronismo original, mitológico, no solo tiene que ver con la eventual conducción vacante, sino con la evaporación y transformación de una gran porción de la feligresía peronista original, aquella que Macri pretende seducir con su mensaje donde el trabajo ocupa un espacio central. Es decir, ese mundo distante de la nueva realidad nacional plagada de asalariados informales, profundas brechas en la distribución del ingreso y crecientes niveles de pobreza.

El desafío de apuntar a la representación de un peronismo original, mitológico, no solo tiene que ver con la eventual conducción vacante, sino con la evaporación y transformación de una gran porción de la feligresía peronista original.

En una palabra, el universo hoy copado políticamente por el kirchnerismo, “secuestrado por Cristina” en la jerga discursiva de Macri. En tal sentido, esa especie de Atlántida peronista de los 70, hoy casi desaparecida, es un espacio minoritario que, en su gran mayoría, está acotado a lo que en su momento fue “la franja de Massa”, ese corredor político integrado por un conglomerado de empleados con empleo formal, antigüedad, aguinaldo y que cambian el automóvil regularmente a la par de ser alcanzados por el impuesto a las ganancias, un lujo poco conocido por el batallón de trabajadores informales y cuentapropistas que compone el núcleo duro del kirchnerismo. En números, ese subconjunto fluctuante de máximo 20% del electorado que termina definiendo de que lado de la red queda la pelota a la hora de una elección. En 2015, del lado de Macri, en 2019 del lado de Alberto Fernández. A esa zona del tablero político Macri dirige su extraña referencia a Perón. Es un área que se irá congestionando de cara a octubre. Randazzo, Lavagna, Pichetto y continúan las firmas.

Esa especie de Atlántida peronista de los 70, hoy casi desaparecida, es un espacio minoritario que, en su gran mayoría, está acotado a lo que en su momento fue “la franja de Massa”.

(*) Publicado en El Economista el 26 de marzo de 2021.

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Daniel Montoya es politólogo egresado de la Universidad Católica de Córdoba, con estudios de posgrado en Políticas Públicas en el viejo Instituto Di Tella, cuenta con una dilatada experiencia en función pública en diferentes organismos nacionales y provinciales (Comisión Nacional de Comercio Exterior, Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires y Grupo Banco Provincia) En la actualidad, se dedica full time a la Consultoría Estratégica, con clientes como el Gobierno del Paraguay, así como grupos empresariales privados. En el mismo plano, mantiene una intensa actividad como analista político a través de su blog danielmontoya.info y mediante intervenciones diversas en medios.

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