Destino manifiesto (*)

“La última y mejor esperanza sobre la faz de la Tierra”. ¿Tenemos los cordobeses semejante misión divina? ¡No es para tanto eh! La exageración y la metáfora son parte de nuestra excepcionalidad. El calor que es calorón y el frío que es friazón es moneda corriente en Córdoba. Quizás sea ese rastro de expresividad andaluza el que induce al visitante, al error de imaginar a las calles de “La Docta” inundadas de profesores desfilando uno tras otro. No obstante, si hay una peculiaridad local con alto impacto político, tiene que ver con nuestra experiencia en la sala de parto. Antes de inscribirnos en el Registro Civil, nos tatúan este mandamiento: “estarás a contramano del puerto”. No es una creencia que nos haya estimulado, al estilo de la cita de Abraham Lincoln, a la ocupación de ninguna provincia argentina, sino antes que nada a la consolidación de una identidad forjada alrededor de la resistencia a la bestia portuaria.

Eso es lo que mamamos en nuestras primeras horas en la tierra. Por cierto, ese rasgo cultural que forma parte del ADN cordobés está presente en muchos países de Europa cuyos Estados Nación fueron el resultado de un largo proceso de anexiones de principados y territorios con atributos propios. Vale aclarar. Córdoba, al igual que otras provincias que componían “los trece ranchos” originales, está a años luz del trajín de algunas regiones españolas parcialmente consolidadas ya en tiempos medievales como Cataluña o el País Vasco. El abismo es grande. Mientras que la Barcelona del siglo XIV inspiró a Ildefonso Falcones a escribir el fantástico libro “La Catedral del Mar”, un Lawrence Durrell de paso por Córdoba en 1947 y aún no consagrado con su “Cuarteto de Alejandría”, le escribía a Henry Miller: “Argentina es exactamente como Estados Unidos en 1890, un país lleno de rústicos magnates luchando por las riquezas sin explotar”.

Federalismo flojo de papeles

En cierto modo, ello facilita la rápida identificación de una de las grandes debilidades estructurales de nuestro federalismo. Aún siendo Córdoba una provincia con ínfulas sustentadas sobre valiosas joyas de la abuela como la primera Universidad argentina y una de las más antiguas de América Latina, igual no tuvo a lo largo de su historia los fierros que le permitieran rivalizar mano a mano con el enclave del poder económico y financiero por excelencia, la ciudad de Buenos Aires. En ese plano, el antagonismo genético mediterráneo con el puerto no pasó de diferentes elaboraciones políticas refractarias más que expansivas. Tomando como punto de partida la pos democracia, vimos flamear la bandera de “la isla” en tiempos de Eduardo Angeloz, “Córdoba corazón de mi país” durante el primer gobierno de José Manuel de la Sota y, unos años más tarde, la variante del “cordobesismo”.

A ninguna provincia argentina, salvo algunas pequeñas que tienen garantizada su supervivencia vía coparticipación, le da el cuero para sostener un proyecto autónomo de poder. Nunca es triste la verdad.

Ese encapsulamiento empalagoso se mantiene al presente. Lo experimentaron los medios nacionales que visitaron la provincia en la elección que revalidó a Juan Schiaretti en 2019. Quienes esperaban un grito de guerra, se desayunaron con un balde de agua helada. “No soy el dueño ni el macho alfa de Alternativa Federal”. Si bien la política tiene razones que la razón desconoce, el “gringo” tenía sobrados motivos para pedir que nadie se hiciera los rulos. A ninguna provincia argentina, salvo algunas pequeñas que tienen garantizada su supervivencia vía coparticipación, le da el cuero para sostener un proyecto autónomo de poder. Nunca es triste la verdad. Volviendo a España, Cataluña y el País Vasco pujan con el poder central en un contexto de paridad del ingreso per cápita versus Madrid. Por el contrario, 21 de 24 provincias argentinas no generan ni el 30% de la riqueza per cápita de la ciudad de Buenos Aires.

El AMBA y el yuyo

Si los argentinos todavía estamos elaborando la década del 70 a través de literatura que fluye del suelo como los hongos, está claro que los malditos años 90 deberán esperar su turno. La muerte casi solitaria de uno de los presidentes que dejó una de las huellas más profundas en nuestra joven historia, nos deja un claro mensaje. Los argentinos no solo estamos ensañados con nuestro presente, sino también con nuestro pasado. No debería sorprender. “El pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente”, in memoriam Jorge Luis Borges. Un presidente que marca a fuego su tiempo siempre tiene sus amantes y detractores. Lo que nunca puede dejar de tener es su estatua. Lo que vale para el Ronald Reagan real, debería valer para su retoño riojano. En particular, la nueva era que coincidió con mi mudanza noventista a la malvada Buenos Aires caló hondo sobre el devenir mediterráneo.

Los argentinos no solo estamos ensañados con nuestro presente, sino también con nuestro pasado.

En primer término, el voto directo y la autonomía porteña consagrada en la reforma constitucional de 1994, trasladaron el epicentro de la política nacional al área metropolitana de Buenos Aires. Ello implicó que, en términos electorales, la provincia de Buenos Aires pasara de representar el 27% al 37% de la torta, así como las 10 provincias con menor población menguaran su participación del 23% al 3,6%. Esa gran transformación que convirtió a los barones del conurbano en rockstars políticos en detrimento de los gobernadores, significó para Córdoba cristalizar en el derecho lo que hasta aquella instancia no era más que un hecho. Por esa vía, “la isla” pasaba de ser solo un slogan para mutar en un sandinista “no pasarán”. Una de las grandes víctimas de esa grieta con el poder central fue la autopista Córdoba-Rosario, quizás la obra pública más ansiada por los cordobeses hartos de las demoras y los accidentes en la vieja ruta 9.

No obstante, la caída del gobernador Angeloz a fines de su tercer mandato en 1995, no hizo más que desnudar el agotamiento de la versión cordobesa de destino manifiesto, apoyada sobre el encapsulamiento más que en la expansión. De esa forma cruel, tanto la provincia como el radicalismo como fuerza hegemónica provincial desde la época del primer Perón, se despertaban con la novedad de que el aislamiento no solo no garantizaba supervivencia sino hasta resucitaba a la oposición. Por otra parte, los malditos 90 trajeron también grandes novedades económicas. En particular, la siembra directa y las nuevas tecnologías generaron un big bang en el campo cordobés. Esta verdadera revolución productiva explica el actual contexto agropecuario argentino caracterizado por el nítido liderazgo agroindustrial mediterráneo en maíz, soja, maní, biocombustibles, lechería y maquinaria agroindustrial, entre otros rubros.

Córdoba tiene el enorme desafío de concretar hoy lo que no pasó de insinuar el último Canciller que salió a jugar fuera de la provincia, el “gallego” de la Sota.

De cara al futuro que, al decir de Borges, solo tiene realidad como esperanza presente, Córdoba tiene el enorme desafío de concretar hoy lo que no pasó de insinuar el último Canciller que salió a jugar fuera de la provincia, el “gallego” de la Sota. En primer lugar, aprovechando la ventana de la regionalización abierta por la reforma del 94, el único camino que tiene La Docta para incrementar su gravitación electoral en el plano nacional, es darle carnadura política a la iniciativa de la “Región Centro”. Solo sumando Santa Fe, hablamos de casi un 20% del padrón electoral nacional. ¿Podría ser un germen de implementación de esa estrategia el eje partidario Hacemos por Córdoba y Hacemos por Santa Fe? Sí, pero por ahora no hay serios indicios de que el acercamiento entre Juan Schiaretti y Omar Perotti vaya mucho más allá de una estrategia defensiva ante medidas nacionales ruinosas como el cierre de las exportaciones de carne.

En conclusión, el afianzamiento de Córdoba como enclave electoral decisivo del interior, así como de potencia agroindustrial que acapara hoy casi el 40% de la factura exportadora agropecuaria del país, obliga hoy a la dirigencia cordobesa a deponer su histórica postura ombliguista y de victimización como estrategia política relativamente exitosa. Habiéndose expandido tanto la provincia en ambas dimensiones, no hay forma de que su auto exclusión de la mesa de las decisiones nacionales no acarree un altísimo costo, medible en términos de las políticas adoptadas por el poder central con repercusión negativa local.

Córdoba por sí sola, o actuando en tándem con un socio regional, es el único enclave del interior con la misión casi providencial de generar un modelo nacional alternativo que armonice con eficacia los intereses populares y de la producción.

En definitiva, Córdoba por sí sola, o actuando en tándem con un socio regional, es el único enclave del interior con la misión casi providencial de generar un modelo nacional alternativo que armonice con eficacia los intereses populares y de la producción. Las dos P necesarias para que el país deje atrás una larga decadencia que, salvo algunos espasmos, se remonta al mundo emergente tras la crisis del petróleo de 1973 al que no logramos adaptarnos. Córdoba está en esa encrucijada. Murió el tiempo del encapsulamiento. Está claro que el actual gobernador autodefinido como “más cordobés que el cuarteto y la peperina” no aspira a ocupar semejante silla vacante. El presente aguarda a quien salga a jugar sin culpa a la pista nacional y se anime a decir con tonada y fernet en mano: “somos la última y mejor esperanza sobre la faz de la Tierra”.

(*) Publicado en Revista Panamá el 20 de agosto de 2021.

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Daniel Montoya es politólogo egresado de la Universidad Católica de Córdoba, con estudios de posgrado en Políticas Públicas en el viejo Instituto Di Tella, cuenta con una dilatada experiencia en función pública en diferentes organismos nacionales y provinciales (Comisión Nacional de Comercio Exterior, Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires y Grupo Banco Provincia) En la actualidad, se dedica full time a la Consultoría Estratégica, con clientes como el Gobierno del Paraguay, así como grupos empresariales privados. En el mismo plano, mantiene una intensa actividad como analista político a través de su blog danielmontoya.info y mediante intervenciones diversas en medios.

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